10 de agosto de 2018

El verano que pasa

Las libélulas sobrevuelan los ríos
de caudal pétreo e impotente,
cayendo presas en las telas
de araña del hastío.
Ante la atenta mirada
de borrachos y beatas,
vírgenes y santos drogados
danzan al son del zumbido de dulzainas
y moscas con resaca.
Niños de estómago lleno
salpican veneno de avispa
y arena ardiente,
ajenos al incesante murmullo
del hambre y de la muerte navegando
sobre las olas.
Es el verano que pasa lentamente.
Mientras,
yo dibujo corazones
de salitre entre tus piernas,
persigo con mis dedos las gotas de sudor
que resbalan por tu espalda
y dormito acurrucado en tu vientre
esperando la llegada del otoño,
el crujir húmedo de nuestros pasos
sobre la policromía
de las hojas secas.

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